El presidente ruso, Vladímir Putin, acaba de volver a situar a Kaliningrado en el centro de las tensiones entre Moscú y la OTAN. Afirmó que, si este territorio ruso sufriera un ataque directo, se plantearía el uso de todo tipo de armas de las que dispone Rusia, incluidas las nucleares. Anteriormente, Moscú también había advertido a la OTAN de que cualquier intento de aislar Kaliningrado del resto de Rusia podría dar lugar a una grave respuesta militar.

La parte rusa afirma que no tiene intención de atacar a los países europeos y sostiene que estas advertencias son una respuesta a lo que Moscú describe como maniobras preparatorias para bloquear Kaliningrado. La OTAN, por su parte, transmite un mensaje diferente: la alianza reitera que sus acciones son de carácter defensivo y insta a Rusia a poner fin a las amenazas nucleares. En otras palabras, por un lado se dice «no llevéis la tensión más lejos», y por el otro se responde «no nos amenazéis»; mientras tanto, los países bálticos siguen atrapados en medio de una disputa nada agradable.
Kaliningrado ocupa una posición especial al estar situado entre Polonia y Lituania, ambos miembros de la OTAN, lo que ha convertido a esta zona desde hace tiempo en un punto sensible en materia de seguridad. Estas nuevas advertencias no significan que vaya a producirse un conflicto nuclear inminente, y la OTAN también considera que, en estos momentos, no existe una amenaza inmediata para el territorio de la alianza. Sin embargo, el hecho de que las partes sigan incorporando las armas nucleares a sus mensajes políticos está aumentando la tensión en el Báltico.









